Es más divertido ser travieso


“Todos los niños saben, incluso los más pequeños, que ser travieso es más divertido que ser bueno.”

Con esta premisa inicia esta divertida e irreverente historia que desde 1965 invita a los lectores a cuestionar y burlarse del rol que ocupamos los adultos frente a los niños.

Esta primera frase puede disuadir a muchos padres de permitir la lectura a los más pequeños, quizás por temor a que un libro legitime una apología a la travesura. Sin embargo, este libro es también una invitación a verse a través de los ojos de los niños; a cómo vernos en ese pequeño que fuimos y como nuestro rol ha ido mutando a lo largo de nuestra madurez.

Desde la perspectiva del niño narrador, vemos que las constantes y repetitivas órdenes y normas que vertimos sobre los niños, llevan a que deseen ser grandes, sólo con el fin de evitar tener una figura autoritaria y ser ellos quienes dictaminen sus vidas.

Compartí esta lectura con mi hijo de 8 años y desde la primera página se desternillaba de la risa. No perdía oportunidad de señalar, -cuando el padre y madre de esta historia gritaban “¡que te laves las manos!”, ¡que órdenes tus juguetes!”, “¡que no te muerdas las unas!”, y tantas otras instrucciones-, que su padre y yo hacemos y decimos exactamente eso!

Ese niño fantasea con todo lo que hará cuando sea grande; todas aquellas cosas que hoy no le son permitidas o que ya no son usuales en el comportamiento de los adultos: se sentaría siempre de rodillas, plantaría una palmera en el vaso del cepillo de dientes, comería chocolate antes de almorzar…

Pero también tendría una familia, una esposa y muchos hijos a los que les daría permiso de hacer lo mismo. Sin embargo en esta fantasía, el niño sostiene una premisa, de la que parece no ser consciente: el tendría más privilegios sólo por el hecho de ser el padre. Aquí mi pequeño pero muy intuitivo hijo, espetó, “Ja! Mamá, pero está haciendo a sus hijos lo mismo que sus padres!” De modo que el juego de ser grandes parece comenzar a tener sentido…

La historia termina con una inquietud del niño-protagonista: ¿porqué si los grandes pueden hacer lo que quieren, aún cumplen ciertas normas, como lavarse las manos, no se muerden las uñas y recogen sus cosas?

“Contestar esa pregunta no tendría ningún sentido, mamá. Todos los sabemos: es que los padres nos educan para que nos comportemos bien cuando grandes. Pero yo ahora tengo tiempo de seguir equivocándome. Tengo tiempo hasta cuando sea mayor.” Con esta reflexión finalizó la lectura mi pequeño, muy travieso y muy introspectivo hijo. Yo, de una pieza, comprendí que el tiene razón. Cuando se es niño es muy divertido, pero muy natural no seguir TODAS las órdenes, pues cuando se es grande, ya tiempo habrá.

A los padres: no duden compartir este libro con sus pequeños. Su lectura en voz alta es un verdadero divertimento. Los adultos podemos percibirnos detrás de la cantaleta pronunciada por los padres de la historia, a merced de nuestro niño que lee con nosotros y se divierte de imaginar un mundo según sus reglas.

Las ilustraciones del húngaro Réber, son además un deleite, un tanto vintage, trazos desprolijos, que me recuerdan un poco al arte mas reciente de Serge Bloch, -cómo cuando lo bueno perdura y se reinventa.

Si yo fuera mayor...

Éva Janikovszky (Author), László Réber (Illustrator)

Silonia Editorial

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