La Caimana, una historia real


Una inusual historia de amor entre dos extranjeros a orillas del Río Apure.


Negro, una caimán adoptada, se convirtió en mascota de Faoro, un joven joyero y su barrio.


La caimana parió crias y habitaba en una alberca de agua dulce. Aprobó a la joven mujer que desposaría al joven italiano.


El joyero y su mujer vivieron juntos con la camina, envejecieron juntos, cantaban y los niños del barrio se subían al lomo de la caimana.


El joyero cayó enfermo y tras su muerte la caimana se sumió en un duelo profundo, escondida hasta que la mujer volvió a cantar.


Esto no es ficción.


Tales vidas y sucesos son parte de la realidad. Esta fue tan solo hace unas décadas en Venezuela, a orillas del rio Apure.



María Eugenia Manrique reconstruye esta historia de su memoria, siendo ella una de las tantas niñas que en su barrio en San Fernando de Apure visitó y jugó con la caimana. El tono mantiene el tinte de un tiempo pasado, en este caso dotado de un recuerdo dulce y amargo a la vez, - como la vida misma.


Faoro es un personaje singular, un inmigrante que además de extranjero en patria, lo es también en su modo de vida. Acompañado de una caimana construye una vida, en la que según cuenta el relato, el amor y la alegría no dejaron de estar presentes. Personas como Faoro parecieran ser inusuales, unos accidentes del destino en el que el hombre derriba las barreras con el mundo animal y logra una integración insospechada. Personas como Faoro deben poseer una naturaleza distinta, más abierto y menos adversa hacia lo diferente. Pero a la vez, una disposición de espíritu que el mundo animal reconoce como seguro.


Quizás eso explique el que una caimana permanezca, aunque indómita por naturaleza, tranquila y serena junto a Faoro, su esposa y los visitantes a los que ambos permitían la entrada. Quizás eso explique cómo Negro se acercaba a la cama a despertar a su joven joyero. Quizás, por eso también Negro se ocultó en una habitación cuando su pérdida fue inminente.


La Caimana es un testimonio de entrega, de Faoro al amor sin barreras así como de la caimana hacia su protector. Una historia de lealtades que hacen recordar a la historia de Hachiko el perro akita japonés que esperó durante años a su amo en la estación de un tren, incluso luego de su muerte. Una espera fiel, una espera que con ansias busca traer de regreso al ser querido en un recuerdo potente. Así Angela después de muchos años vuelve a cantar, como en los tiempos en que vivía Faoro y Negro sale de su reclusión.





El duelo se presenta profundo y el tiempo se expande aún en breves páginas, para denotar que la pérdida no


tiene una única medida. Pero que todo pasa, y la vida retoma su curso y en algunas ocasiones este da paso a un recuerdo dulce que abre el camino a un volver a vivir.




Y así, pensando en el él, Ángela comenzó a cantar
Y se puso a preparar un pastel. Negro asomó la cabeza.
Lentamente, caminó hacia el patio, allí se quedó
Con su gran boca abierta recibiendo la Luz y el calor del sol.

Desde entonces,  volvieron los niños a jugar con la caimana.

Y Ángela nunca más dejó de cantar. 


El lenguaje contenido enfatiza las emociones que junto con las ilustraciones de Ramón Paris evocan un libro de recuerdos. El formato apiadado, quizás emulando la horizontalidad de la caimana, o el de un álbum familiar, quizás ambas cosas, son un acierto editorial, que ponen en manos del lector un libro que podría ser un álbum familiar, un libro de otro tiempo llamado a suscitar recuerdos.





La Caimana

María Eugenia Manrique y Ramón Paris.

Ediciones Ekaré 2019.



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